Un paseo por la historia
Hace más o menos un año, mientras me documentaba para prologar una exposición que con motivo del Año Internacional del Caballo se realizaba en Jerez de la Frontera (y en la que por supuesto figuraba nuestro pintor), comprobé con cierto asombro que el gran libro sobre El Caballo en el Arte Español, de Altamira a Barceló está aún por hacer pese a que, como cualquiera podrá intuir, es este un tema que da para un espléndido trabajo. El libro más completo que hallé correspondía a otra exposición, Mil años del Caballo en el Arte Hispánico, celebrada en el Real Alcázar de Sevilla en 2001 y me lo proporcionó, cómo no, José Manuel Gómez, pintor de exquisita sensibilidad y gran conocedor del mundo del caballo al que conocí con ocasión de su última individual en esta misma galería. En aquel catálogo figura un texto delicioso de Fernando Savater, cuyo título es tan elocuente que acaso explique por sí solo la existencia de tal laguna en la bibliografía del arte español: El caballo contemporáneo: del músculo al átomo. Texto elegíaco aquel, teñido de nostalgia y aun de cierto resquemor, inevitable si se piensa que esta era nuestra extingue decenas de especies cada día, y que concluía con esta sentencia: "Pero tras preguntarnos con displicencia o arrogancia, ¿qué será de los caballos sin los hombres?, quizá debamos plantearnos otra interrogación más inquietante: ¿seguiremos siendo humanos, ya sin caballos?". Porque ciertamente, el escritor se enfrentaba al hecho incontrovertible de que hoy el caballo –el músculo- ya no sirve para nada, lo mismo que la mayoría de las hermosas y fascinantes criaturas que aún sobreviven en este futuro montón de cenizas venenosas al que llamamos Tierra pero, al mismo tiempo, no podía dejar de evocar la memoria de esa enriquecedora relación, basada en la ayuda y el respeto mutuos, que hombre y caballo han mantenido a lo largo de varios milenios. En realidad, tanto las veleidades ecológicas como las evocaciones nostálgicas se me antojan innecesarias, toda vez que nadie cuestiona la futilidad de la existencia misma y de cuanto afán la jalona. Son innumerables, por ejemplo, los historiadores y los teóricos que a lo largo de los cien últimos años han demostrado que el arte tampoco sirve para nada –y no digamos la pintura-; por lo demás, es este un campo particularmente inagotable ya que, en esta civilización del hiperconsumo a la que nos abandonamos, casi nada hay que sea realmente indispensable y muy pocas cosas son, a nada que se reflexione con serenidad, tan necesarias como un buen cuadro y, por supuesto, un buen caballo.
Javier Rubio Nomblot