SOBRE LA PINTURA DEL ALQUIMISTA MIGUEL ANGEL MOYA

 

“En general, parece que dos causas, ambas naturales, generan la poesía: la capacidad de imitar, connatural a los hombres desde la infancia, en lo cual se diferencian de los de­más animales (porque el hombre es el más propenso a la imitación y realiza sus primeros aprendizajes a través de imitaciones), y la capacidad de gozar con las imitaciones. Prueba de ello es lo que sucede con las obras: las imágenes de cosas que en sí mis­mas son desagradables de ver, como las figuras de fie­ras horrendas y de cadáveres, nos causan placer cuando las vemos representadas con mucha exactitud. La causa es asi­mismo que el aprender no sólo resulta sumamente placentero para los filósofos, sino también para los demás, aunque participen menos en ello. Por eso se regocijan al mirar las imágenes, porque resulta que quienes las contemplan aprenden y deducen lo que cada objeto es, como que esto es aquello. Pues cuando no ha habido una visión previa, la imitación no produce placer por sí misma, sino por su perfección, por el color o por alguna otra causa semejante”. Aristóteles, Poética  ( s. IV a.C.)

El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde la novela escrita por Robert Louis Stevenson, publicada por primera vez en 1886, cuenta la investigación, llevada a cabo por el  abogado Gabriel John Utterson, sobre la sorprendente relación entre su viejo amigo, el Dr. Henry Jekyll, y el misántropo Edward Hyde. Dicen que el libro supone una representación vívida de la psicopatología correspondiente a un desdoblamiento de personalidad y dicen, también, que es muy posible que se escribiera bajo los efectos de la LSD, la droga psicodélica, porque el autor, en aquellos momentos de pergeñar el relato, se sentía enfermo y recibía un tratamiento en un hospital con el hongo cornezuelo de centeno del cual se extrae la dietilamida de ácido lisérgico, es decir, la elesedé. La lectura de la narración conduce a múltiples interpretaciones. Independientemente del posible caso psicopatológico, cabe pensar en la presencia de más de una
personalidad en cada ser humano. Es muy probable que, sin llegar a tratarse de un caso clínico, muchos de nosotros podríamos poner en funcionamiento varias personalidades; lo que pasa es que, en ningún instante, hemos pretendido desarrollar sino la que tenemos más a mano. Por otro lado, la historia de Stevenson puede recordar el platónico mito del carro alado, en el que se establece la lucha entre las diversas tendencias de la conciencia.

Pero no es la literatura inglesa el motivo de habernos citado aquí, sino la obra pictórica de Miguel Ángel Moya. ¿Y a qué viene el anterior párrafo introductorio? A veces quien escribe no sabe muy bien la causa, pero lo cierto es que le viene a la memoria una situación vivida, un libro recorrido, una música escuchada, un sabor apreciado, una textura disfrutada o un paisaje contemplado. En el caso de la obra de nuestro pintor, he recordado la famosa novela. Luego,                                                                          
dándole vueltas, he llegado a la conclusión de que tal recuerdo debe haberse producido por la sencilla razón de que, para mí, la pintura de Miguel Moya no es lineal, sino más bien esférica. Y la esfericidad acoge numerosos y variados elementos que quizá compliquen su lectura, pero que a la postre enriquecen el producto.

Cuando hablo de elementos variados, me refiero naturalmente a elementos plásticos, a recursos pictóricos, a elementos estéticos sobre todo, aunque no renuncio a otros, los de carácter comunicativo que también intervienen –y de qué forma- en el conjunto. Es como dos universos condenados a cohabitar, como la armonía y la melodía en música, y de esto sabe bastante el artista, violinista cuando se lo permiten los pigmentos. En algún sitio he leído que la armonía “es la ciencia que enseña a constituir los acordes, y es el arte que sugiere la manera de combinarlos en la forma más equilibrada, consiguiendo así sensaciones de relax, sosiego (armonía consonante), y de tensión hiriente (armonía disonante)”. A mí me da la sensación de que, hablando de armonía, nos están diciendo cosas de pintura. Y en este sentido, salto disconforme cuando se me propone que la armonía es un  mero acompañamiento de la melodía y asiento complacido cuando la propuesta es que se trata del armazón de las melodías, la base sobre la que se desarrollan distintas melodías simultáneas. Melodía y armonía están totalmente interrelacionadas. Una doble personalidad en una misma obra. Lo que ya no sabría calificar es si, en el caso que nos ocupa, nos hallamos ante una armonía tonal, como sucedía en el Barroco, o más bien estamos ante una producción propia del Romanticismo a nuestros días, en que se concede una mayor importancia a los valores coloristas, al tiempo que se permite una armonía más libre. Y esa libertad puede incluir incluso la relación de ambos conceptos en una misma producción.

Aaron Copland, el compositor contemporáneo norteamericano, en su libro Cómo escuchar música, contempla tres aspectos: primero, medio de relajación o evasión; segundo, transmisión plural, polisémica, cada cual hace su propia lectura; y, finalmente, Copland censura al hombre de la calle porque solamente escucha la melodía en las composiciones y no hay que quedarse en esto solamente, pues se pierde buena parte del trabajo musical. Y sigo leyendo todas estas cosas de música y me da la sensación de que me siguen hablando de pintura. Sí, y también de la pintura de Miguel Ángel Moya, que puede observarse como distracción, como algo curioso; que puede ser objeto de variadas interpretaciones y que es lo suficientemente rica como para que no nos quedemos en su superficie.                                                                                   

Hay quien distingue en la música cuatro elementos esenciales: el ritmo, la melodía, la armonía y el timbre. Esos cuatro elementos están en la pintura de Miguel Ángel Moya. Desde mi atalaya, aprecio el ritmo en la dinámica generada por la composición de las formas y por las tensiones cromáticas; la melodía es la historia que nos cuenta, su aspecto representativo, mientras que la armonía sería cómo nos la cuenta, el entramado de esa historia; y, finalmente, el timbre cabe hallarlo en la sonoridad del color, más bien de los colores (no existe el rojo, sino muchos rojos), en los que tanto influyen los matices puestos en solfa.

Los apuntes anteriores se instalan dentro de las hipotéticas esferas que son cada uno de los cuadros de esta exposición que, temáticamente, se presenta en tres niveles: la música, los interiores y la alquimia. De música algo hemos dicho. De las arquitecturas interiores (desde el teatro a la biblioteca, pasando por la estación ferroviaria) cabría puntualizar su carácter escenográfico que adquiere una dimensión de caracteres psicológicos, generando unas sensaciones diferentes y diferenciadas en el espectador. Y de la alquimia...

Era de esperar que a Miguel Ángel Moya se le presentara la ocasión para poner en valor a la alquimia, pues él –en buen  medida, y salvando las distancias que sean necesarias- es un alquimista del siglo XXI, a caballo entre la ciencia y la filosofía, emparentadas ambas con la semiótica y el misticismo, el espiritualismo y el arte propiamente dicho. No hay que olvidar que alquimia significa mezcla –la palabra collage es posterior- y nuestro artista es, sobre todo, un mezclador excepcional, capaz de transformar los metales corrientes (los elementos simples que tiene a mano) en el oro de su magnífica pintura.

Miguel Ángel Moya practica una heterodoxia que no renuncia a la permanente presencia matérica –algo que puede recordar las pintura de Antoni Tàpies- en sus cuadros decididamente realistas.

Rafael Prats Rivelles (Crítico de arte)
L’Eliana, invierno del 2008.