Era la segunda visita a la National Gallery. Había escogido dos cuadros para mirar con tranquilidad, administrando el poco tiempo que restaba para el cierre. Me había alargado demasiado observando la anamorfosis de “Los Embajadores” de Holbein, así que tuve casi correr para volver a ver el otro cuadro elegido, ignorando con pena a Pisanelo, Piero della Francesca y Uccello. Cuando llegué no había nadie en la sala. Pude acercarme todo lo que quise rozándolo casi con la nariz. Al poco irrumpieron tras de mí cuatro jovencitos, éstos corriendo y jadeando, para mirar lo mismo que yo. Por las reducidas dimensiones del cuadro, una cabeza y un torso delante lo tapan prácticamente, así que me hice a un lado para que pudieran disfrutarlo también. Si la situación hubiera sido otra habría peleado el puesto, pero inmediatamente me convenció la sonrisa que se dibujaba en sus rostros al ver la pintura.
Quise pensar que lo que les atrapaba de esa imagen era lo mismo que a mí, lo mismo que llamó la atención de Velázquez, cuya concepción haría suya en “Las Meninas”, y que hubiera interesado a Vermeer de haberlo conocido. “El Matrimonio Arnolfini” de Jan Van Eyck es un retrato enigmático y singular, una maravillosa osadía en el momento que lo pintó no sólo porque reproduce con todo lujo de detalles el interior de una vivienda, el dormitorio, con una lámpara, un perro, naranjas, cama, telas, zuecos, muebles, espejo y, por supuesto, los retratados, sino porque el pintor obliga o invita al espectador a mirar de una forma que no se había hecho antes y que no se volvería a hacer en mucho tiempo: el observador tiene la impresión de que ese lugar es una continuación del espacio que él ocupa, o a la inversa, que ha entrado en la estancia, que ha invadido la intimidad de esa vivienda y husmea la vida de esa pareja, o bien, que como Van Eyck, está siendo testigo de un acontecimiento (puede que un enlace matrimonial) y así poder decir, usando la expresión del pintor: “yo también estuve allí”.
Asombroso de esta pintura es que en un rectángulo de 82 x 59,5 cm se cuenta un acontecimiento que atañe a la vida de varias personas representando el lugar que ocupan con todo aquello que les acompaña. Se dice que todas las cosas pintadas simbolizan algo, pero todo está representado de forma que podría no simbolizar nada y nada sobraría, cualquiera entiende lo que ve y no es ajeno a su belleza como objeto real y a su belleza en la representación. Y admirable es el uso de la luz, por una que entra por la ventana iluminando el fondo de la estancia, y por una segunda que está fuera del cuadro e incide en los retratados reavivando cada detalle y ayudándonos a captar la certeza de las cosas. Y asombroso también el espejo convexo que refleja en profundidad todo el espacio hacia el espectador donde puede, con imaginación, verse reflejado.
Van Eyck necesitó reducir cada elemento, dibujarlos tan diminutos algunos que cuesta verlos. Se trata de un mundo de pequeñeces donde el ojo vaga de un lado a otro deteniéndose si lo desea para disfrutar de pequeños mundos que, unidos, paradójicamente lo agigantan. Se trata del cuadro más grande del mundo.
FRANCISCO ROA